jueves, agosto 09, 2007

Yo le dije: "Me da miedo que me rompas el corazón". Y eso fue lo que pasó al final.
¿Suena a cuento chino? Pues sí, en efecto, es un cuento chino que les pienso contar —al menos la parte que me sé.
Estamos en la China de Lao Tse: el ying y el yang nadan en los arroyos, las mátemáticas se huelen en el aire, las calles con medidas astronómicas reflejan el poder del Emperador, y las flores en los jardines son en realidad mariposas. Si un hombre se parara en la cima de una montaña y viera hasta donde su vista alcanzase, y después de varias jornadas llegara al sitio que vio desde arriba, para de allí nuevamente subir a la montaña más alta para ver lo más lejos que pudiese, e hiciera eso cien veces; aun así no acabaría de recorrer las tierras del Emperador. En todo ese terreno hay un pequeño reino con su castillo. Allí habitaba la princesa Xui con una amiga. La princesa Xui era una hermosa joven de pies breves y suaves. A ella le gustaba mucho el butoh, el kabuki y el no. También le gustaba adornar su castillo con flores que ella misma salía a recoger cuando el rocío apenas se despedía. Xui tenía pretendientes no sólo en su reino, sino en todo el imperio, incluso se han llegado a contar historias de algunos de tierras tan lejanas, que no había persona alguna en el imperio que las conociera. Pero la princesa ya estaba comprometida. Su novio era un valiente samurai que había ganado mas de mil batallas y sus victorias se cantaban, sin demerito de su fama y honra, en todas las plazas del imperio. Dicen que de un golpe podía tumbar un caballo y con su espada cortar diez hombres de un solo tajo. Más de cien nobles y plebeyas hubo que murieran por su desdén, y con todo Xui no lo amaba. La princesa Xui era libre e independiente, añoraba el vuelo de las aves que veía desde la ventana de la torre más alta del castillo, quería ser como ellas, no tener ataduras, vivir en el cielo. Un día, mientras Xui observaba cómo las aves danzaban en el aire y bajaban a beber haciendo piruetas a un arroyo cercano, vio que Ma You You, su prometido, venía cabalgando un hermoso corcel al frente de su ejército. Xui no quería verlo, así que corrió escaleras abajo hasta encontrarse con su amiga Lauli. Xui le pidió a Lauli que, cuando Ma You You preguntara por ella, le dijera que estaba indispuesta y no podía bajar a recibirlo. Y en efecto así pasó: Ma You You bajó de su caballo, tocó a la puerta del castillo y Lauli le anunció que ese día no podría ver a su prometida. El valiente guerrero habló con sus generales y, al informarles que no vería a la princesa Xui, les concedió licencia para que los ejércitos se solazaran en los jardines reales, y las bestias bebeiran agua de los arroyos y todos descansaran; mientras él, valiente samurai, mantendría guardia de honor bajo la ventana de su amada. La princesa Xui, en lo alto de la torre, estaba muy triste porque no había salido a cortar flores ese día y además no podía asomarse ni a la ventano porque, si lo hacía, Ma You You se daría cuenta de que no estaba en cama como Lauli le dijo y exigiría verla. En la tarde que muere, un vigía llegó con su último aliento a los pies del samurai y le informó sobre los movimientos rebeldes. Ma You You juzgó oportuno el momento y decidió interrumpir la guardia para acabar con la resistencia: rearmó sus ejércitos y se fue por donde nace el sol. Por la ventana, Lauli miró al último soldado desaparecer en el horizonte y le dijo a Xui que ya podía asomarse. Xui miró con tristeza las flores marchitas y le pidió a Lauli que la acompañara a cortar flores frescas. Las dos mujeres fueron cerca del río y, una vez recogidas las flores, se sentaron a platicar en la ribera. Una voz llegó a los oídos de Xui. Shhh... —le dijo a Lauli. Ésta se calló y ambas pudieron oír mejor la voz de un hombre que cantaba algunos versos acompañado de su laúd. Las mujeres se acercaron.
¿Quién eres, buen hombre? —dijo la princesa.
Yo soy Pe Ka, el poeta —contestó.
¿Acaso sois vos el que cantabais? —preguntó de nuevo.
Si acaso eso os molestáis yo sé callarme —replicó el poeta.
Oh, no, por favor, sigue que queremos oírte —terminó Xui.
Las dos mujeres se sentaron junto al poeta que tomó el laúd y los versos de los viejos poetas y comenzó a cantar. Varias veces se crizaron los ojos de Pe Ka y Xui, y varias veces en ellos el corazón palpitó de júbilo. Cuando el poeta hubo terminado de cantar los versos, la princesa le dijo muchas cosas, entre ellas que era princesa. Pe Ka entendió que, a pesar de que el corazón le dijo que ella podría ser la indicada, una princesa era volar muy alto para un poeta pobre como él. Lauli intervino en la plática diciendo que, además de ser princesa, ella era la prometida del gran Ma You You. Pe Ka entendió que esa mujer de pies hermosos, nunca sería suya. Así que con los ánimos del mejor conversador les platicó un poco de su vida. Xui y Pe-Ka se sorprendieron cuando se percataron de que compartían la misma afición por el kabuki, el butoh y no. De nuevo sus miradas se crizaron y refulgieron desde el corazón. Fue entonces que Pe Ka, obviando descaradamente a Lauli, le platicó a Xui que un poeta amigo suyo estaba ofreciendo algunas funciones de kabuki en un pueblo cercano y la invitó. La princesa Xui aceptó con gusto y, al canto de la lechuza, los tres se despidieron. Los días que siguieron a ése, la princesa despertaba contenta pensando en las palabras del poeta. Repetía los versos que le dijo de memoria y, cuando ésta fallaba, recurría a los libros para recitarlos procurándoles la misma entonación de que el poeta los dotaba. Estaba tan feliz la princesa, que no sólo no se negaba a recibir las visitas de Ma You You, sino que salía a recibirlo y en el camino le cortaba alguna flor. El samurai notó el cambio de su prometida y en un principio le encantó; pero después se dio cuenta de que Xui tenía la mente en otro lado cuando estaba con él. Sospechó lo peor, así que mandó a sus espías para vigilarla día y noche. Finalmente la cita para ir al teatro llegó y la princesa Xui no cabía de emoción. Había pasado todo el día cambiándose de trajes y probando perfumes. Tenía resuelto salir con todo y que Lauli le avisó de la presencia de los espías. Eso no le importó. Antes de medio día la princesa Xui ya estaba lista; sin embargo la emoción la tenía tan fatigada que tomó una siesta. Pe Ka estaba afuera del teatro esperando la llegada de Xui, las nubes se cernían anunciando una lluvia de primavera y la princesa que no aparecía. Xui se despertó espantada al ver la negrura del día. Salió de prisa pensando que el poeta ya se había ido. Ningún espía la siguió gracias a Lauli. La lluvia mojó completamente al poeta que seguía esperando afuera del teatro, ya habían dado la penúltima llamada, cuando su corazón coemenzó a latir como nunca antes en su vida: a lo lejos, corriendo con un vestido de holandas maravilloso, venía la princesa. Ambos salieron contentos de la función, a pesar de que Pe Ka había estornudado y todos lo voltearon a ver. Afuera, el poeta le pregunto a Xui si querría oír algunos versos suyos. Ella aceptó encantada. Y él le dijo los versos que sabía había escrito para ella aun antes de conocerla. Los corazones de los dos se salían de sendos pechos, pero nunca se dijeron nada, él por ser ella de nobleza, y ella por estar comprometida. Se siguieron viendo muchas veces muy seguido, hasta se mandaban palomas mensajeras, ella le mandaba recetas de cocina y él versos cocinados. Llegó el día de asistir al teatro nuevamente; pero esta vez el espía evadió la protección de la fiel Lauli y le avisó a Ma You You. El samurai encontró a su prometida y al poeta en el teatro que, como era a cielo abierto, no había dado función por la lluvia. El valiente guerrero no encontró alguna prueba de sus sospechas, porque no había, así que enfurecido por eso y por los celos, no pudo evitar la presencia del poeta quien encantado lo invitó, junto con la princesa, a beber un poco de sake. Al despedirse esa noche, Xui descubrió que en realidad sí estaba enamorada mas del poeta, quien a su vez descubrió lo mismo. Una noche hubo en que la princesa oyó el laúd desde la torre. Salió a sus jardines buscando aquellos versos y llegó hasta la ribera. Allí encontró al buen Pe Ka, que cantaba para sí las desventuras de haberse enamorado de una prometida ajena y además de la realeza. Xui, detrás de un árbol, oyó los versos del poeta y se enteró de que era correspondida; así que salió y saludó a Pe Ka. Él le dijo que cantaba algunas cosas de viejos poetas —sabiendo que ella sabía que no era cierto— y que lo perdonara por estar en sus jardines a esa horas de la noche. Ella no sólo lo perdonó, sino que lo invitó a cenar algo preparado por ella, algo de lo que alguna vez le había contado a través de una paloma. Cenaron en la torre del castillo para que Lauli no se diera cuenta de que había visitas. Y después de cenar, los dos pares de ojos no se pudieron contener y entrambos se hicieron el amor. Xui y Pe Ka se besaron. Antes del segundo beso el poeta se alejó.
No puedo —dijo.
Por qué no —preguntó alarmada la princesa.
Me da miedo que me rompas el corazón, no lo aguantaría —respondío Pe Ka.
Yo he soñado mucho contigo y con este momento. Yo te quiero mucho. Arriésgate por favor, vale la pena —dijo amorosa Xui.
EL poeta dubitó unos instantes y después la besó. Y entonces "se besaron a fuego lento, con la furia controlada de los ríos milenarios que no tienen prisa por llegar al mar*" y se hicieron el amor. La princesa y el poeta vivieron la mejor semana de sus vidas, llena de amor, de aventuras al evitar a los espías y a la propia Lauli. Una semana llena de esperanzas y promesas y de anhelos y alegrías. De súbito, una embajada sin previo aviso, orilló a salir a la princesa del castillo: debía atender asuntos administrativos de su reino: orden directa del Emperador. Antes de la despedida, el poeta salió con Xui al jardín de sus palacios y sembró una semilla de jazmín. Le dijo que la cuidaría durante su ausencia, y que la esperaría así el Emperador la retuviera varios meses, años, incluso décadas. Se despidieron con un beso y la garganta hecha un nudo.
Pe Ka se quedó inventando nuevos versos a su princesa amanda, también escribía (aunque no era su género) una novela que mandaba por entregas con palomas mensajeras acompañando sus cartas. Al principio la palomas regresaban con respuestas, después sólo monosílabos y al final ya no volvían. El poeta se gastó una buena parte de su hacienda comprando más palomas (que eran caras) para enviar, pues temía de los azores y las águilas. Nunca una respuesta. El poeta dejó las letras para incursionar en las ciencias, se disponía a inventar el telégrafo antes de tiempo para mandar un telegrama y lo logró, mandó un telegrama. Nunca hubo respuesta, así que regresó a las letras y a las palomas mensajeras. De pronto un día, ya sin esperanza, vio volar un ave que se posó en su ventana: era una de sus palomas. Sólo unas líneas: "Estoy encinta y soy doncella". Al poeta se le heló la sangre, el samurai querría matarlo, la princesa querría matarlo; él mismo quería matarse. Pero no lo hizo, vendió todos sus versos por pocas monedas y compró palomas, muchas palomas. A todas les ató mensajes donde respaldaba la decisión de la princesa y le refrendaba su amor, que no lo dejara. Obviamente los mandaba en clave por si alguno caía en manos de espías. Por fortuna ninguno cayó: todos llegaron a la princesa; y la princesa llegó. El poeta no se enteró de su llegada hasta que fue a su casa y vio el jazmín roto: alguien lo pisó. Lauli le informó de la llegada pero le denegó el acceso. Y así estuvo el poeta buscando a Xui incansablemente; hasta desempolvó el telégrafo para mandar mensajes a la torre. Pero nunca hubo respuesta. Cierto día el poeta se armó de pantalones y fue a buscar a la princesa una mañana. La encontró cortando flores aún con rocío. Allí le dijo Xui a Pe Ka que no llorara, que seguirían siendo amigos, pero no más y tampoco padres. Eso último al poeta no le preocupaba, él sólo quería seguir con la mujer que finalmente su corazón le había dicho que era la elegida (o the chosen one, como se dice hoy). Pero ella nunca le creyó. Al parecer, cuando estuvo con el Emperador, algo pasó que las palabras del poeta perdieron veracidad, ya no le creía cuando él decía que la amaba y tampoco palpitaba más su corazón cuando sus versos le recitaba. Ella misma dejó de amarlo y como ella no podía, no lo creía capaz de que él siguiera amándola.
Y es allí donde acaba este cuento, al menos hasta donde yo me sé. Se los juro que no es flojera, sólo hasta allí me contaron. Si alguien más se sabe el final de la historia, porfavor dígamela, para poder terminar de contarla la próxima vez. O a lo mejor se la puedo decir al poeta que, según se sabe, tampoco la supo.
Ahhh, algo más recuerdo. Parece que la tal princesa dejó de amar, decepcionó al samurai y a todos los pretendientes. PEro más de eso no sé, quizás no acabó mal la historia del cuento chino, pero cómo saberlo si el cuento estaba en chino y fue hace muchos años. Quizá al final la princesa nos haya dejado un diario.

*Enrique Serna. Ángeles del Abismo.

2 comentarios:

Marie de Laos dijo...

Paco,
sí soy Idalia.
Espero que le entres al juego.
Un saludo.

Las reglas:

1. Cada jugador (a) comienza con un listado de 8 cosas sobre sí mismo.
2. Tiene que escribir en su blog esas ocho cosas, junto con las reglas del juego.
3. Tiene que seleccionar a 8 personas más para invitar a jugar, y anotar sus blogs/nombres.
4. No olvides dejarles un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitadas a participar, refiriendo al post de tu blog: "El Juego".

Francisco Puente dijo...

Pronto sabré cómo acaba este cuento y no lo contaré como cuento, sino que escribiré toda una novela...
(Con pronto me refiero a quizá un par de años como máximo)